Cuando una estrella se apaga demasiado pronto, el mundo exige respuestas. Y hoy, por fin, la justicia comienza a hablar.

La muerte de Matthew Perry, eterno Chandler Bing de Friends, dejó un vacío profundo en millones de admiradores alrededor del mundo. A sus 54 años, el actor había logrado sobrevivir a adicciones, recaídas y silencios dolorosos, luchando por reconstruirse. Pero el 28 de octubre de 2023, una sobredosis de ketamina apagó su voz para siempre. Hoy, más de dos años después, ese capítulo oscuro empieza a tomar forma judicial.
El miércoles 3 de diciembre, el médico Salvador Plasencia, de 44 años, se convirtió en el primer condenado de los cinco implicados en la muerte del actor. Su sentencia: 30 meses en prisión federal, además de una multa de 5.600 dólares. Una pena menor a los tres años solicitados por la fiscalía, pero que marca un precedente contundente en un caso que reveló abusos, corrupción y una traición devastadora al juramento médico.
Plasencia, quien ya había perdido su licencia y su clínica en Calabasas, admitió haberse declarado culpable de cuatro delitos de distribución ilegal de ketamina, una decisión que podría haberlo llevado a enfrentar hasta 40 años de cárcel. Su confesión llegó después de que otro médico, Mark Chávez, aceptara su responsabilidad en octubre de 2024, confirmando que Perry había sido víctima de un circuito criminal disfrazado de práctica médica.
A pesar de la defensa, que argumentó que Plasencia está “profundamente arrepentido”, las pruebas describen una realidad estremecedora: el médico se reunía clandestinamente con Perry, incluso en aparcamientos de Santa Mónica, para inyectarle ketamina sin finalidad terapéutica. Su motivación, según la fiscalía, no era médica ni ética, sino económica.
La carta enviada al tribunal por Suzanne y Keith Morrison, madre y padrastro del actor, revela la magnitud de la traición:
“Este médico conspiró para romper sus votos más importantes… se escabulló por la noche para encontrarse con su víctima en secreto. ¿Por qué? Por unos cuantos miles de dólares… aprovechándose de la vulnerabilidad de nuestro hijo.”
Una vulnerabilidad que los implicados explotaron sin remordimiento.
Los mensajes privados entre los doctores, citados en la investigación, muestran burla y desprecio hacia un hombre luchando por mantenerse sobrio mientras ellos multiplicaban sus beneficios: un vial de ketamina que costaba 12 dólares era vendido a Perry por más de 2.700 dólares. En total, le cobraron 55.000 dólares por 20 viales e incluso le enseñaron a él y a su asistente cómo inyectarla.
Plasencia no actuó solo. Este caso involucra a cinco personas, todas ya declaradas culpables:
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Jasveen Sangha, “La reina de la ketamina”, quien obtuvo más de 50 viales y enfrenta hasta 65 años en prisión.
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Kenneth Iwamasa, asistente personal del actor, acusado de administrarle dosis fatales el día de su muerte, con una pena potencial de 15 años.
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Erik Fleming, colaborador de Sangha, afronta 25 años.
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Mark Chávez, el segundo médico implicado, enfrenta 10 años.
La sentencia de Plasencia es apenas la primera: las de Sangha y Chávez se conocerán el 10 y 17 de diciembre, respectivamente, y las de Fleming e Iwamasa llegarán en enero de 2026. Todo apunta a que este caso se convertirá en un ejemplo para la lucha contra la distribución ilegal de sustancias dentro de sectores que deberían proteger vidas, no extinguirlas.
Matthew Perry soñaba con ser recordado no por su fama, sino por su deseo genuino de ayudar a quienes luchaban contra la adicción. Hoy, mientras la justicia empieza a poner nombre y rostro a los responsables de su muerte, su legado permanece intacto: el de un hombre brillante, vulnerable y valiente, que merecía mucho más que un final marcado por la negligencia y la ambición ajena.




