Entre la vida y la muerte, la inocencia y la furia, Guillermo del Toro reinventa el mito de Frankenstein con una obra que no solo electriza el cuerpo, sino también el alma del espectador.

En 1818, una joven de apenas veinte años llamada Mary Shelley escribió una de las historias más trascendentes de la literatura universal. Frankenstein o el moderno Prometeo no fue solo una novela de terror: fue un espejo de la humanidad, un grito contra la arrogancia del poder científico y un lamento por la soledad del ser incomprendido. Más de dos siglos después, Guillermo del Toro, el visionario director mexicano, le insufla nueva vida a ese clásico eterno, transformándolo en un poema visual sobre la creación, el abandono y la ternura que puede habitar incluso en lo monstruoso.

Su versión, simplemente titulada Frankenstein, llega a Netflix el 7 de noviembre tras su paso por cines selectos, y ya es considerada una de las apuestas más esperadas del año. Con un elenco estelar encabezado por Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Charles Dance y Lars Mikkelsen, la película promete no solo reinventar el mito, sino devolverle su hondura filosófica, esa que Shelley esculpió en cada línea de su obra maestra.

Del Toro, fiel a su fascinación por las criaturas que reflejan lo que la humanidad esconde, da un giro magistral: su Frankenstein es una sinfonía visual en la que lo grotesco y lo hermoso coexisten, en donde la piel remendada de la criatura palpita con el mismo anhelo que el corazón del hombre que la creó.

El tráiler, envuelto en una atmósfera de melancolía eléctrica, abre con una frase que hiela la sangre:

“My maker told his tale,” susurra la criatura interpretada por Jacob Elordi. “And I will tell you mine.”

En esta versión, el monstruo construido a partir de cuerpos hallados en los campos de batalla de la Guerra de Crimea es una creación tan sublime como perturbadora. “Es un soldado resucitado de una fosa común”, explica Del Toro. “Un cuerpo hecho de fragmentos que cargan memorias y dolores.”

El resultado es una criatura que combina la inocencia de un niño con la sabiduría de un filósofo, un ser que busca amor en un mundo que solo le devuelve miedo. “Si no he de merecer amor —clama en el avance—, entonces me entrego a la furia.” Esa línea, casi bíblica, condensa el alma del relato: el anhelo de ser comprendido frente al rechazo del creador y de la sociedad.

Jacob Elordi, con una interpretación que ha sido descrita como “brutalmente sensible”, se inspira en fuentes inesperadas: la danza japonesa butoh y los movimientos de su propio perro. “Hay una pureza en la forma en que ama y se mueve dice. Quise capturar esa inocencia dentro de algo monstruoso.”

Por su parte, Oscar Isaac encarna a un Víctor Frankenstein atormentado, un hombre que busca dominar la vida pero acaba siendo consumido por su propia soberbia. “Guillermo quería que Víctor fuera un Prometeo moderno, pero también un hombre roto por su propio milagro”, comenta el actor. La comparación con el titán griego —quien robó el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres y fue castigado por ello— sigue siendo la esencia de esta tragedia.

El universo estético de la película es, como en toda obra de Del Toro, un personaje más. Entre torres azotadas por relámpagos, vestidos victorianos que parecen esculturas y criaturas que respiran poesía en su deformidad, el director crea una experiencia visual tan bella como devastadora. Cada encuadre parece un cuadro gótico en movimiento, donde la vida y la muerte se confunden bajo la misma chispa de electricidad.

Detrás de cámaras, el ambiente parece tan humano como mágico. Del Toro, Oscar Isaac y Mia Goth reflexionan sobre los métodos de creación y la alquimia del cine, mientras Jacob Elordi retrata el rodaje con su cámara de 35mm, aún cubierto con las cicatrices de su personaje. Esa fusión entre arte y artesanía es, precisamente, la esencia de Frankenstein: el impulso de dar forma a lo imposible.

Pero más allá del espectáculo visual, la nueva versión de Frankenstein invita a una reflexión profunda: ¿quién es el verdadero monstruo? ¿El ser que fue creado o el hombre que lo abandonó? La cinta, como la novela, no da respuestas fáciles, pero sí ofrece un retrato conmovedor del deseo humano de trascender, de ser amado y comprendido, incluso cuando el mundo teme lo que no entiende.

En palabras del propio Del Toro:

“No hay monstruos. Solo criaturas solitarias buscando un reflejo que las abrace.”

Con esa mirada poética y humanista, el director convierte la historia más antigua sobre la creación en una meditación moderna sobre la identidad, el amor y la redención.

El resultado promete ser una obra inmortal, tan poderosa como un relámpago en la noche.


Una película que no solo revive al monstruo…
sino también la pregunta eterna sobre qué significa, realmente, estar vivo.

Sinopsis:

Un científico brillante pero egocéntrico da vida a una criatura en un experimento monstruoso que finalmente lleva a la destrucción tanto del creador como de su trágica creación.