Desde Moscú, la moda ecuatoriana entra en una conversación que trasciende las pasarelas: cómo convertir el patrimonio artesanal en valor agregado, abrir nuevas rutas de internacionalización y construir una industria capaz de crecer sin desprenderse de su identidad.

La moda latinoamericana posee algo que difícilmente puede fabricarse en serie: memoria. Está en las manos que bordan, tejen y transforman fibras; en técnicas transmitidas durante generaciones; en colores vinculados al territorio y en saberes que, mucho antes de convertirse en tendencia, ya formaban parte de la identidad de nuestros pueblos.
Esa riqueza cultural llegó hasta Moscú con la participación de Ecuador en el BRICS+ Fashion Summit 2026, celebrado del 28 al 30 de septiembre en la Sala de Conciertos Zaryadye y articulado con Moscow Fashion Week. La organización confirmó la presencia de especialistas de la industria procedentes de más de 60 países y una agenda dedicada, entre otros temas, al desarrollo de marcas locales, inversión, oficios tradicionales, patrimonio cultural, inteligencia artificial y nuevos materiales.
En ese escenario internacional, Quito Fashion Week estuvo representado por su director, Pietro Polit, llevando a la conversación un asunto especialmente significativo para Ecuador y América Latina: el potencial de los oficios tradicionales para generar una moda contemporánea con identidad y, al mismo tiempo, oportunidades comerciales sostenibles.
De la tradición a los mercados internacionales
El 29 de septiembre, Polit participó junto con Karla Cuadra, productora general de Nicaragua Diseña, en un panel enfocado en el papel de los oficios tradicionales dentro de la moda actual.
La pregunta detrás de la conversación resulta crucial: ¿cómo transformar un patrimonio artesanal en una propuesta exportable sin vaciarlo de su significado?
No se trata simplemente de incorporar un bordado, un tejido o una técnica ancestral a una prenda para hacerla visualmente atractiva. El verdadero desafío consiste en construir cadenas de valor capaces de reconocer el conocimiento de los artesanos, preservar las técnicas, generar ingresos y, paralelamente, convertir esa identidad en una ventaja competitiva frente a un mercado internacional cada vez más interesado en el origen y la historia de aquello que consume.
Desde esa perspectiva, artesanía y modernidad dejan de ser conceptos enfrentados.
Una técnica centenaria puede dialogar con una silueta contemporánea. Una fibra vinculada a un territorio puede incorporarse a una colección internacional. Y un oficio transmitido entre generaciones puede convertirse en parte de una economía creativa si detrás existen diseño, trazabilidad, estrategia comercial y condiciones justas para quienes hacen posible el producto.
Ecuador: identidad como valor agregado
Para Ecuador, esta conversación adquiere una dimensión particular.
El país posee una extraordinaria diversidad de técnicas, materiales y expresiones artesanales que pueden conversar con la moda contemporánea. El desafío no consiste únicamente en exhibirlas ante el mundo, sino en construir las condiciones para que ese patrimonio pueda participar de cadenas internacionales de valor sin perder autenticidad.
La presencia de Quito Fashion Week en un foro de estas características permite situar al país dentro de discusiones que hoy están transformando la industria: manufactura, internacionalización, sostenibilidad, tecnología, comercialización y preservación del conocimiento artesanal.
Polit definió al encuentro como un espacio que amplía la conversación internacional de la moda y permite representar con mayor diversidad los cambios que atraviesa actualmente la industria.
El planteamiento coincide con la propia agenda del Summit: la organización incluyó entre sus asuntos centrales el respaldo a las marcas locales y a los oficios tradicionales, además de inversión, inteligencia artificial y materiales tecnológicos.
Latinoamérica busca ocupar un espacio propio
La participación ecuatoriana formó parte de una presencia latinoamericana más amplia.
De acuerdo con la información proporcionada por la organización, representantes de Brasil, Costa Rica y Nicaragua participaron en distintas conversaciones y actividades vinculadas al encuentro. Entre los temas abordados estuvieron la incorporación de la moda a colecciones museísticas, la transformación global de la industria, la inteligencia artificial y la reorganización de las cadenas de suministro.
La conexión latinoamericana también llegó a la pasarela. La programación oficial de Moscow Fashion Week registró la presentación de la diseñadora nicaragüense Brisa Hernández, presentada por Nicaragua Diseña.
Esto revela una evolución interesante: estos encuentros ya no funcionan exclusivamente como vitrinas estéticas. También pueden convertirse en plataformas para buscar compradores, productores, socios comerciales y nuevas audiencias.
La propia Moscow Fashion Week señala ese componente empresarial: en su edición 2026 participaron más de 350 diseñadores y, según sus organizadores, el desarrollo de negocios, la relación con compradores y el acceso a otros mercados constituyen parte de los objetivos del encuentro.

La nueva geografía de la moda
El BRICS+ Fashion Summit resulta además interesante porque refleja cómo el mapa internacional de la industria está ampliándose.
BRICS reúne actualmente a 11 miembros: Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita e Indonesia. BRICS El Fashion Summit extiende el diálogo más allá de esos países y convoca a profesionales procedentes de decenas de mercados.
Para Latinoamérica, participar en esos espacios significa introducir su propia narrativa dentro de una industria históricamente concentrada alrededor de unas pocas capitales.
París, Milán, Londres y Nueva York continúan siendo referentes fundamentales, pero el ecosistema contemporáneo de la moda es mucho más amplio. Moscú, São Paulo, Ciudad de México, Quito, San José o Managua pueden formar parte de nuevas redes de diseño, producción y comercialización.
Y esa diversidad puede convertirse en una oportunidad.
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Quizás la enseñanza más interesante de la participación ecuatoriana no esté únicamente en haber llegado hasta Moscú.
Está en comprender que la identidad también puede ser una herramienta de internacionalización.
Ecuador no necesita desprenderse de aquello que lo hace diferente para conversar con la moda global. Precisamente sus materiales, técnicas, artesanos, diseñadores e historias pueden constituir una parte importante de su valor diferencial.
Pero para que esa posibilidad se transforme en desarrollo sostenible hacen falta más elementos que creatividad: capacitación, protección del conocimiento, calidad, capacidad productiva, comercio responsable, innovación y conexiones internacionales.
La artesanía puede preservar memoria. El diseño puede reinterpretarla. Y una estrategia adecuada puede permitir que ambas encuentren nuevos mercados.
En una industria que busca constantemente aquello que todavía no ha visto, la mayor oportunidad de Ecuador podría estar precisamente en aquello que siempre ha tenido: su identidad.
Más información sobre el encuentro: Moscow Fashion Week
Fuente: Katherine Castillo





