Un dinosaurio de unos 25 metros y 150 millones de años obliga a mirar de otra manera el mapa del Jurásico: sus fósiles sugieren que Europa y Norteamérica estuvieron mucho más conectadas de lo que imaginábamos.

Durante más de un siglo, la historia del Diplodocus parecía tener una geografía perfectamente definida. Todos los ejemplares conocidos procedían de la Formación Morrison, una célebre unidad geológica del oeste de Estados Unidos. Pero un conjunto de fósiles recuperado en El Castellar, Teruel, España, acaba de romper esa frontera paleontológica.
El descubrimiento no consiste en un espectacular esqueleto completo emergiendo de la roca. Su importancia reside en algo aparentemente mucho más discreto: 14 vértebras de la cola excepcionalmente conservadas y varios arcos hemales o chevrons. Su anatomía permitió a los investigadores identificar al animal como un Diplodocus.
Y esa identificación cambia una historia que llevaba más de cien años escribiéndose casi exclusivamente en Norteamérica.
Un gigante de 25 metros en la España jurásica
Hace aproximadamente 150 millones de años, hacia el final del Jurásico, un enorme saurópodo recorría lo que hoy conocemos como Teruel.
Los Diplodocus pertenecían al grupo de los saurópodos: dinosaurios herbívoros, cuadrúpedos, de cabeza relativamente pequeña y caracterizados por sus extraordinarios cuellos y colas. Algunos podían alcanzar aproximadamente 25 metros de longitud, dimensiones capaces de convertirlos en auténticos gigantes de su ecosistema.
Hasta ahora, encontrar uno en territorio europeo parecía improbable.
El paleontólogo Sergio Sánchez Fenollosa explica que las semejanzas anatómicas comenzaron a aparecer desde las primeras etapas del análisis. A medida que avanzaron los estudios osteológicos y evolutivos, las distintas piezas del rompecabezas apuntaban hacia una misma conclusión: estaban ante un Diplodocus.
La pregunta fascinante: ¿cómo llegó hasta Europa?
Aquí el descubrimiento adquiere una dimensión mucho mayor.
Hace 150 millones de años, el planeta no presentaba la distribución continental que conocemos actualmente. El Atlántico Norte estaba todavía desarrollándose y determinadas fluctuaciones del nivel del mar pudieron crear conexiones terrestres temporales.
Los investigadores consideran que la presencia del Diplodocus de Teruel aporta evidencias de episodios de dispersión e intercambio de fauna entre Norteamérica y Europa a través del proto-Atlántico durante el Jurásico Superior.
No debemos imaginar necesariamente una inmensa manada cruzando un océano abierto. La hipótesis apunta a períodos de regresión marina capaces de favorecer conexiones terrestres que habrían permitido el desplazamiento de animales entre territorios hoy separados por miles de kilómetros.
De confirmarse y ampliarse esta interpretación con futuros descubrimientos, el hallazgo ayudaría a reconstruir con mayor precisión las antiguas rutas biogeográficas de los dinosaurios.
Teruel, una ventana excepcional al mundo perdido
El descubrimiento también vuelve a situar al este de la península Ibérica como uno de los escenarios relevantes para comprender la Europa mesozoica.
En esta región se han encontrado fósiles pertenecientes a saurópodos, terópodos, estegosaurios y ornitópodos, una diversidad que permite imaginar antiguos paisajes costeros ocupados por ecosistemas mucho más complejos de lo que podría sugerir una sola especie.
El nuevo ejemplar se suma además a otros gigantes del Jurásico español, como Turiasaurus y Losillasaurus. Según Alberto Cobos, director gerente de la Fundación Dinópolis, el ejemplar de El Castellar habría sido semejante a sus enormes parientes norteamericanos.
De icono estadounidense a viajero jurásico
El Diplodocus forma parte del imaginario popular desde su descubrimiento en Estados Unidos en 1878. Las reproducciones de sus esqueletos instaladas posteriormente en grandes museos de historia natural ayudaron a convertir su inconfundible silueta en uno de los grandes símbolos mundiales de la paleontología.
Por eso, encontrar evidencia de este dinosaurio en España tiene un significado especial.
No solo añade un punto nuevo en el mapa.
Obliga a redibujar el mapa.
Lo que durante décadas parecía una historia exclusivamente norteamericana revela ahora un capítulo europeo y plantea nuevas preguntas: ¿cuántos Diplodocus alcanzaron Europa?, ¿durante cuánto tiempo existieron aquellas rutas?, ¿hay otros fósiles esperando ser correctamente identificados?
Los restos encontrados en El Castellar se exhiben actualmente en la sala de dinosaurios del Museo Aragonés de Paleontología, en Dinópolis, Teruel.
PlayDato
🦕 150 millones de años: antigüedad aproximada.
📏 25 metros: longitud que podía alcanzar un Diplodocus.
🦴 14 vértebras caudales: parte fundamental del descubrimiento.
🌎 Dos continentes: el hallazgo aporta evidencia de conexiones faunísticas entre Norteamérica y Europa durante el Jurásico Superior.
Fuente: Journal of Vertebrate Paleontology; Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel–Dinópolis; Museo Aragonés de Paleontología; información periodística proporcionada de El País.





