Sin electricidad confiable, los grandes yacimientos pierden competitividad. Un nuevo estudio revela que el verdadero desafío de la minería en Ecuador ya no está únicamente bajo tierra, sino en la capacidad del país para garantizar el suministro energético que impulsará su crecimiento durante la próxima década.

Durante décadas, el éxito de la minería estuvo ligado a la riqueza geológica de un territorio. La abundancia de cobre, oro, plata o minerales estratégicos determinaba el interés de los inversionistas y el desarrollo de nuevos proyectos. Sin embargo, el escenario ha cambiado. Hoy, la disponibilidad de energía confiable, estable y sostenible se ha convertido en un factor tan decisivo como la existencia misma de los recursos minerales.
Esta es una de las principales conclusiones del estudio La nueva ecuación de la minería en América Latina: los límites invisibles entre la energía y la operación, elaborado por Aggreko, que analiza la realidad energética de los principales países mineros de la región, entre ellos Ecuador.
El informe plantea una advertencia clara: la demanda eléctrica del sector minero ecuatoriano crecerá más rápido que la capacidad instalada de generación durante los próximos cinco años, creando un desafío estratégico para la competitividad nacional.
Una industria que necesita más energía para crecer
La minería moderna es una actividad altamente intensiva en consumo energético. Desde la exploración hasta la extracción, trituración, molienda, bombeo de agua, procesamiento del mineral y transporte, prácticamente cada etapa depende de un suministro eléctrico continuo.
El problema surge cuando el crecimiento industrial avanza con mayor velocidad que la infraestructura capaz de abastecerlo.
Según Aggreko, Ecuador deberá ampliar significativamente su capacidad de generación mediante diversas fuentes energéticas, ya que la matriz hidroeléctrica —que continúa siendo el principal soporte del sistema eléctrico nacional— comienza a mostrar limitaciones frente al incremento sostenido de la demanda industrial.
Esta realidad adquiere especial relevancia considerando que el país mantiene importantes proyectos mineros en distintas etapas de desarrollo, cuya operación requerirá una disponibilidad energética permanente durante las próximas décadas.
La lección que dejaron los apagones
La crisis energética registrada en 2024 marcó un punto de inflexión para el país.
La severa sequía redujo considerablemente los niveles de agua en los principales embalses hidroeléctricos, provocando racionamientos eléctricos que afectaron tanto a hogares como a empresas.
Para el sector minero, aquellos meses evidenciaron una realidad que ya no puede ignorarse: depender de una única fuente predominante de generación representa un riesgo para la continuidad de las operaciones.
Más allá de las pérdidas económicas ocasionadas por las interrupciones del suministro, quedó en evidencia la necesidad de construir un sistema eléctrico mucho más resiliente frente a fenómenos climáticos extremos que, según distintos organismos internacionales, serán cada vez más frecuentes debido al cambio climático.
La respuesta del Estado
Frente a este panorama, Ecuador ha comenzado a fortalecer su infraestructura energética mediante inversiones y nuevas regulaciones.
Entre las acciones más relevantes figura la inversión de aproximadamente 278 millones de dólares anunciada por la Corporación Eléctrica del Ecuador (CELEC) para reforzar el Sistema Nacional de Transmisión, mejorar la confiabilidad del suministro y atender el crecimiento proyectado de la demanda industrial.
A ello se suman importantes cambios regulatorios.
El Decreto Ejecutivo 32 fortaleció la coordinación del sistema eléctrico y aumentó la responsabilidad de los grandes consumidores respecto a la gestión de su propio abastecimiento energético.
Posteriormente, el Decreto Ejecutivo 273 elevó aún más las exigencias al establecer que los proyectos mineros deberán garantizar el autoabastecimiento del 100 % de su demanda energética durante todas las fases de operación.
Estas disposiciones representan un cambio profundo en la manera en que la industria deberá planificar sus inversiones futuras.
Energía propia: una nueva prioridad empresarial
Las nuevas regulaciones impulsan a las empresas mineras a desarrollar modelos energéticos propios capaces de reducir su dependencia de la red nacional.
Esto abre espacio para soluciones híbridas que combinan generación convencional con tecnologías renovables, almacenamiento mediante baterías, sistemas inteligentes de administración energética y generación temporal de respaldo.
Más que una obligación regulatoria, esta tendencia responde a una necesidad operacional: reducir riesgos, evitar interrupciones y garantizar la continuidad de procesos industriales cuyo costo por hora de paralización puede ser extremadamente elevado.
La sostenibilidad deja de ser un discurso
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es el cambio de visión dentro del propio sector.
El 66 % de los ejecutivos entrevistados considera que el futuro energético de la minería estará directamente ligado a la sostenibilidad, el uso de energías renovables y la eficiencia operativa.
La transición energética ya no responde únicamente a compromisos ambientales.
Los mercados internacionales exigen cada vez mayor trazabilidad sobre la huella de carbono de los minerales utilizados para fabricar vehículos eléctricos, paneles solares, baterías y tecnologías limpias.
En consecuencia, la energía utilizada durante la extracción se convierte en un componente que añade —o resta— valor al producto final.
Las empresas que logren producir minerales utilizando matrices energéticas de bajas emisiones estarán mejor posicionadas frente a compradores internacionales que incorporan criterios ambientales dentro de sus cadenas de suministro.
Competitividad más allá del subsuelo
José Albornoz, gerente regional de Minería de Aggreko, resume el nuevo escenario con una afirmación que refleja la transformación que vive la industria:
"El desarrollo de la minería ecuatoriana dependerá cada vez más de la disponibilidad de energía confiable y de la capacidad de la infraestructura eléctrica para responder a las nuevas necesidades del sector. La competitividad futura ya no estará determinada únicamente por la existencia de recursos minerales, sino también por la capacidad de garantizar operaciones resilientes, eficientes y sostenibles."
La declaración sintetiza una realidad compartida por gran parte de América Latina: la riqueza mineral ya no basta para atraer inversión; hoy resulta indispensable ofrecer seguridad energética.
Una ecuación que redefine el futuro
El informe de Aggreko forma parte de una trilogía de investigaciones estratégicas que la compañía ha desarrollado sobre los principales sectores productivos de América Latina: Transición Energética (2024), Petróleo y Gas (2025) y Minería (2026).
Las conclusiones muestran una tendencia común: la energía se ha convertido en el eje transversal sobre el cual se sostiene la competitividad industrial.
En el caso ecuatoriano, el desafío consiste en transformar la experiencia vivida durante la crisis eléctrica en una oportunidad para acelerar inversiones, modernizar la infraestructura y promover soluciones que integren confiabilidad, eficiencia y sostenibilidad.
Porque en la minería del siglo XXI, el recurso más estratégico ya no es únicamente el que se extrae del subsuelo. También es la energía que hace posible descubrirlo, procesarlo y llevarlo al mundo.
Fuente: AGGREKO, Joseph Córdova





